Entonces tenía 18 años, era mi primer trabajo "de verdad" (había hecho pinitos en otros) y recuerdo que mi padre me dió "órdenes" exactas de como tenía que actuar en mi primera entrevista de trabajo... por lo que llegué al hotel y pregunté por "el señor director", tal como él me dijo. Debo confesar que lo de "señor director" me sonaba a anticuado, pero hice honor a mi obediencia natural al patriarca y con todo mi sentido del ridículo dejado a un lado, pregunté tal como me habían dicho que debía hacerlo. No me cabe duda, que los señores tras el mostrador (recepcionistas de "élite" -o de toda la vida-) debieron de partirse de risa al escuchar mi forma de acercamiento.
Entré en el despacho. Era el típico sitio lúgubre, oscuro y pasado de moda. Había un señor tras el desapcho no menos pasado de moda y al que entonces califiqué como gris (cuando luego le conocí, no lo era tanto) pero desde luego, aquel lugar no motivaba a ser original, creativo o sencillamente espontáneo. Sin embargo, por aquellos entonces, yo solía tragarme miles de novelas americanas que de alguna forma me inspiraban hacia otra forma de ser, a pesar de mi natural timidez y vergüenza hacia todo lo desconocido... por lo que cuando empezó a entrevistarme, me dije: "lo tienes todo perdido... actúa y di lo que te de la real gana... sigue tu instinto y que sea lo que Dios quiera"
Debo matizar que era la primera mujer que optaba a pisar aquella recepción, y que todos, absolutamente todos los integrantes de la plantilla eran hombres al menos 20 años mayores que yo. No lo tenía nada fácil.
Me lo tomé como un juego y a cada pregunta contesté con una seguridad que en realidad no tenía, pero había leído que producía cierto efecto... me atreví y así fue.... el lunes siguiente comencé a trabajar en aquel hotel de lujo, de costumbres anticuadas y rodeada de hombres que me doblaban la edad y que no les agradaba nada que unachica joven estuviera en una recepción, que además esta chica hablara un inglés casi perfecto (que ellos no entendían), que supiera manejar un "telex" (que ellos no se atrevían ni a acercarse) y que además estuviera dispuesta a echar horas y horas con tal de hacerme con aquello y no tener que tirar la toalla.
Esta historia sería muy larga si me perdiera en matices, pero resumiré diciendo que a los pocos años, me nombraron jefe del departamento y para entonces mi vergüenza, mi sentido del ridículo, y mi falta de tablas se habían quedado en el olvido.
"Las tablas" podríamos decir que son el fruto de la experiencia, pero me vais a permitir matizar, ya que la experiencia en sí mismo no significa más que has experimentado una situación u otra, lo que no quiere decir que todas las experiencias sean fructíferas, si no que la actitud con la que las afrontas es la que en realidad le da valor a esa experiencia.
Hoy día me dedico a vender entre otras cosas (pero diría que mi mejor habilidad es la capacidad de convencer a otros) han pasado 32 años, es cierto y la madurez también tiene algo que ver... aún así sigo achacando las tablas a la actitud con la que se afrontan las cosas:
"El atreverse a..." ¿que puedes perder?
No tener miedo a meter la pata... ¿y si la metes, se acaba el mundo... o aprendes mucho?
No tener sentido del ridículo (cuando sientas esto, piensa que aquellos que te miran u observan no son mejores que tu para juzgarte)
Honestamente creo que si no nos diéramos tanta importancia nos atreveríamos a mucho más de lo que nos atrevemos... nos permitiríamos equivocarnos, fracasar, meter la pata, hacer el ridículo.... y de todo eso saldría algo extraordinario: un ser experimentado y sin miedo a ATREVERSE!
No hay comentarios:
Publicar un comentario