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domingo, 25 de mayo de 2014

Escuchando, como dice Risto.

Hace muchísimos años, cuando yo apenas empezaba en el mundo laboral y me daba miedo (literalmente) salir a hablar con los clientes, escuché, como dice Risto, a un cliente con el que "intentaba" conversar... la cuestion era que yo no tenía experiencia alguna en el trato comercial, además era tímida y creía poco en mí, por lo que disimulaba mi falta de habilidad comercial escuchándole, pero la realidad era que aquella "escucha activa" era fruto de la más absoluta ignorancia. 

Como no sabía qué decir, yo escuchaba a aquel señor y asentía como si aquello que me contaba me pareciera realmente interesante. No diré que no lo fuera, porque sí que era un tipo experto y con la inteligencia necesaria como para dirigir un negocio, que además le iba muy bien. Pero yo estaba más interesada, en aquel momento, en hacer parecer que su conversación  era apasionante y sobre todo en disimular mi total ausencia de recursos. 

Tras una larga hora de conversación, me dijo: "Rafi, tu serás una gran comercial porque sabes escuchar muy bien". Hice un gran esfuerzo en no soltar una carcajada y confieso que pensé: "Vaya una visión que tiene! Nada más lejos de mi intención, de mi gusto, y de mi habilidad".  Aunque,  en el fondo, me sentí victoriosa, porque sí que le había "engañado" y al menos había conseguido, con mi actitud, que él pensara justo aquello que yo necesitaba que pensara. 

Aquello pareció no tener más relevancia que la anécdota, sin embargo, me sirvió de anclaje y cada vez que salía a atender a un cliente, recordaba aquellas palabras y me daban fuerza para escuchar con mayor atención aún.  Aprendí a escuchar y aprendí a ver más allá de las meras palabras y como dice Mejide, acabó gustándome. 

Al cabo de los años (muchos), puedo decir con orgullo que soy una gran escuchadora, y que, sin duda, ha sido una de las herramientas que más me han ayudado en mi proyecto profesional e incluso en el personal. Irremediablemente y como consecuencia de haber escuchado mucho, hoy día, debo decir, que de entre mi tres o cuatro habilidades profesionales, una de ellas es saber vender... no en balde mi empresa se llama Upselling Consulting... 

Sí, tienes razón, la falsa modestia no forma parte de esas habilidades. 

Moraleja: No hay nada como decirle a un niño: "¡pero qué listo es Luisito!" 

p.d. recomiendo el artículo: Escucha, de Risto Mejide (aunque él no lo necesite), pero me ha servido de inspiración para escribir éste. 

lunes, 12 de mayo de 2014

Las nuevas ideas no sirven de nada.

Tener ideas nuevas no sirve de nada... 

Mi "nueva idea" ha sido poner un título provocativo, un título que fuera en contra de lo que una mayoría piensa... un título que al lector le provoque una pizca de ira... confiésalo, has pensado: "¿pero que dice esta loca?" y ese hecho te ha forzado a leer este post, sin embargo creo firmemente que las nuevas ideas no sirven de nada... salvo que se lleven a cabo. 

Esta idea no habría servido de nada si no la hubiese plasmado en el "papel". Resulta  obvio, sin embargo, en ocasiones las obviedades no lo son tanto, salvo en la teoría, como tantas otras cosas. 

Uno de los mayores enemigos del éxito es el consabido: "eso ya lo sé" porque tras esa contestación se pueden esconder las claves del fracaso:

-Tengo que perder peso-
-Ponte a dieta y haz ejercicio-
-Eso ya lo sé! 

-Tengo que conseguir más clientes-
-Sal a buscarlos-
-eso ya lo se! 

Te suena esto?  Son obviedades, pero si fueran realmente tan obvias, ni uno tendría que perder peso, ni otro tendría que conseguir más clientes. Creo que estaremos de acuerdo que en los dos casos anteriores falta por hacer una pregunta: "Si lo sabes, ¿por que no lo haces?" No lo dudes, cualquier respuesta a esta pregunta no es más que una excusa.  Sin embargo estas excusas son las que esconden el verdadero obstáculo: Miedo al fracaso. 

El miedo al fracaso suele ser el desencadenante de la procrastinación. El causante de postergar las tareas, ésas que sabemos que deberían tener prioridad, pero que por el contrario vamos dejando a un lado porque el sólo hecho de pensarlo nos produce algún nivel de ansiedad. ¿Te suena eso de una punzada en el estómago cuando piensas en algo que deberías estar haciendo y que no has hecho? 

La próxima vez que pienses que las obviedades son obvias, valga la redundancia, párate a pensar por qué aún no las has puesto en práctica 

De nuevo, la emoción le gana la partida a la razón. Si te estas preguntando cual es la solución a esto, te diré que otra obviedad: el entrenamiento emocional, pero sobre esto hablaré en mi próximo post, por si acaso no fuera tan obvio.